miércoles, 17 de julio de 2013

PUREZA DE INTENCIÓN


   La intención recta es la que va derecha hacia Dios: a su gloria, ¡para hacer su voluntad! La lucha es siempre del yo contra Dios. El yo de la propia voluntad, el yo del contar con uno mismo, el yo que hace que nos consideremos como fin, mientras que debemos depender de Dios, contar con Dios, tender a Dios.
            Nuestro señor Jesucristo considera como fin sólo al Padre, no su propia gloria. De hecho, en sus obras encontró humillaciones, hasta la humillación de la cruz. La vida se abre como se cierra inclinando la cabeza ante la muerte.

      La recta intención se consigue:  corrigiendo toda vanidad;  dirigiendo todo explícitamente al Señor; enmendando toda intención vana.



“Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5,8)
El corazón limpio es el corazón
abierto y humilde. El corazón impuro es, por el contrario, el corazón presuntuoso y cerrado, completamente lleno de sí mismo, incapaz de dar un lugar a la majestad de la verdad. Que pide respeto y, al fin, adoración.



                                                

                                                
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