sábado, 10 de septiembre de 2011

IMITAR A LA VIRGEN MARIA.


Me parece, ante todo y sobre todo, que lo que enamoró a Dios de la Virgen fue su profundísima humildad.

 Siendo como era la criatura más santa, más pura, más trasparente en ningún momento se creyó mejor que nadie ni digna de un trato especial. Ella vivía convencida de que, ante Dios, no era nada.

 Esto la hizo buscar el silencio, el recogimiento, el no aparecer ante los demás. La Virgen María vivió oculta. Su profunda humildad, además, la hizo aceptar con total sumisión la voluntad de Dios en su vida. Como Ella misma dijo, no ser sino "la esclava del Señor", deseosa de conocer la voluntad divina para poder decir desde lo más profundo de su corazón:

 "Hágase en mi según tu palabra".


 Ella no discutía con Dios, no se oponía a sus planes, no se revelaba ante sus disposiciones. Aunque no comprendiera todo lo que estaba ocurriendo ( San Lucas en el capítulo 2) de su Evangelio cuando Jesús se pierde en el templo) 


Ella vivía abandonada en las manos de Dios, como una niña pequeña se deja guiar por las manos de su Padre sin temor alguno, aunque no sepa por dónde la guían. Todo esto nacía del amor tan intenso que Ella sentía hacia Dios.
 No ha habido (ni habrá) criatura alguna que haya amado a Dios más que la Virgen.

Todos sus pensamientos, obras y actos, aún los más pequeños e insignificantes (como podían ser las tareas domésticas de la casita de Nazaret) eran ofrecidas a Dios con un amor sincero y profundo, que nacía de lo más íntimo de su ser.

Cuando Dios la convirtió en su Madre, por medio de la Encarnación del Verbo Eterno, María vivió única y exclusivamente para Jesús. Primero, porque como madre tenía que atender, lógicamente, a su Hijo.


Segundo, porque aquel niño era el mismísimo Hijo de Dios. Se puede decir que María es la criatura hecha por y para Jesús. Todo en Ella se vuelca en Jesús. Por eso, cuando quiso hablar (lo poquito que nos han dejado los Evangelios) tan solo quiso decir


"Haced lo que Él diga".


 Esa es toda su ilusión, su meta, su fin: haced lo que Jesús nos dijo. Si queremos agradarla a Ella no tenemos más remedio que hacer todo lo que Jesús nos dijo: llevar una vida de oración, vivir su Palabra, acercarnos a los sacramentos, cumplir sus mandamientos... 

¡Oh María, Madre mía, haz que sea semejante a Ti; que tu corazón viva en el mío, que tu alma se refleje en la mía.



                      ¡ Dios y la Virgen les bendigan !                                      
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