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Madre, que quien me mire, te vea.
“Para ser santa el primer paso es la confianza, después el abandonarse en las
manos de la Virgen, para que Dios haga lo que quiera".
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La respuesta que san Pablo
recibe de un grupo de discípulos en Éfeso, narrada en Hechos de los Apóstoles,
es sorprendente: "Ni siquiera hemos oído decir que exista un Espíritu
Santo".
El papa Francisco observa
así con realismo, que la falta de conciencia que manifiestan los cristianos
hace dos mil años no es solo "algo de los primeros tiempos", sino que
el Espíritu Santo “es siempre como el desconocido de nuestra fe".
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«Hoy en día, muchos
cristianos no saben quién es el Espíritu Santo, qué es el Espíritu Santo. Y a
veces se oye: "Pero yo me organizo bien con el Padre y con el Hijo, porque
rezo el Padre Nuestro al Padre, estoy en comunión con el Hijo, pero con el
Espíritu Santo, no sé qué hacer...". O te dicen: "El Espíritu Santo
es la paloma, la que nos da siete dones”. Pero así el pobre Espíritu Santo está
siempre al final y no encuentra un buen lugar en nuestra vida».
Pensemos queridos amigos:
el Espíritu Santo, es Dios, la tercera persona de la Santísima Trinidad. El
habita en nuestras almas, nos santifica, nos ilumina. Él es nuestro abogado, nuestro defensor,el consolador, el
Paráclito…El actúa siempre en nuestras vidas.
No ha habido en mi vida momentos que no le haya invocado, y no haya venido en mi ayuda. He sentido su
protección, su fuerza, su ayuda, su consuelo…¡Invocarlo muchas veces al día!… cada vez que
tengáis que hacer un trabajo, cuando tengáis una necesidad,
En cualquier problema, El jamás nos abandona.
Dejaros hacer por El,
veréis lo que hará con vuestras vidas.
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(CONSAGRACIÓN)
Recibid ¡oh Espíritu
Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este
día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi
vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y
todo el amor de mi corazón.
Yo me abandono sin reservas
a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas
inspiraciones.
¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén |







Este
es mi testamento y mi herencia: «Amad a la Virgen y hacedla amar. Rezad
siempre el
Rosario».
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La vida de Santo Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido para la gloria divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu. En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos. Con frecuencia, pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin, instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo. Con frecuencia, exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria. Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida, conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles».
Oración
Te pedimos, Señor, que santo Domingo de Guzmán, insigne predicador de tu palabra, ayude a tu Iglesia con sus enseñanzas y sus méritos, e interceda también con bondad por nosotros. Por nuestro Señor
Jesucristo.
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